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¡Ah, si rompieses los cielos y descendieses! (Is 64, 1)

El icono que se ofrece a nuestros ojos (escuela de Novgorod, siglo XVI)  reproduce el momento en el que Dios decide recrear la humanidad entera. El icono es un tipo de imagen peculiar porque presenta una evolución distinta a la que se desarrolla en el arte occidental. Siguiendo la tradición oriental, el icono filtra severamente toda emotividad debido a su apego casi violento a la tradición dogmática. Según Spidlik, “en él convergen Palabra e Imagen”, el iconógrafo se dirige a la sensibilidad del ojo y del oído a la vez de manera que, tras unos minutos de contemplación, la imagen y el fiel frente a ella inician un diálogo que transforma la mirada en oración.

Icono de la Natividad, escuela de Novgorod, siglo XVI

Icono de la Natividad, escuela de Novgorod, siglo XVI

La contemplación comienza en la figura situada en el extremo inferior derecho que representa al profeta Isaías. Isaías anuncia con insistencia la venida de Cristo Redentor por eso sus vestidos emparentan con los de San Juan Bautista, el precursor, la voz que grita en el desierto que el Reino de Dios está cerca. Si el libro del Eclesiastés exclama con pesimismo: “Dios está en el cielo y nosotros, los hombres, en la tierra”[1], Isaías grita con toda la impaciencia insoportable del alma judía: “¡Oh, si rasgases los cielos y bajases a la tierra!”.  Ante esta plegaria, Dios, que ve la aflicción de su pueblo y conoce sus sufrimientos[2], responde: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”[3].

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El Greco desde la fe. La expulsión de los mercaderes del Templo

Esta obra se puede visitar de manera gratuita en la pequeña iglesia madrileña de San Ginés (todos los sábados de 11 a 12) y es una de las cuatro versiones que el gran pintor de Creta dedicó a este tema.

El pintor de Creta presenta el pasaje del Evangelio en el que Cristo expulsa a los mercaderes del templo de Jerusalén (Jn 2, 13-22). Sin embargo, el artista, no se contenta con ilustrar lo que la escritura narra sino que, apoyado en el Magisterio de la Iglesia, realiza una reflexión catequética sobre el acontecimiento y lo actualiza.

Purificación del Templo Jn 2,13-22

En profundidad, más allá de los pinceles

El Greco situa la escena en el templo de Jerusalén, pero cabría preguntarse qué hacían aquellos mercaderes en un lugar sagrado como ese. Ciertamente su presencia era común en tiempos de Cristo pues era costumbre pagar un rescate a Dios por los hijos nacidos. Este rescate era pagado de diversas maneras dependiendo de la capacidad de cada familia pero siempre simbolizaba lo mismo. En el evangelio podemos ver como la Virgen María y San José cumplen devotamente con la tradición ofreciendo a Yahvé dos pichones por su hijo recién nacido (Lc 2, 22-24). Los esposos reconocen, de esta manera, que todo lo que poseen procede de Dios, incluso los hijos. Esta y otras prácticas justifican la presencia de estos comerciantes, sin embargo,  lo que Cristo denuncia,  es la situación a la que se había llegado pues, relajando las costumbres, habían convertido el templo en un mercado.

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Arte y arte sacro. Algunas reflexiones

Cuando nos aproximamos al arte se convierte en difícil tarea fijar sus límites y objetivos. Hoy en día, y en consonancia con el relativismo moral que impera en la cultura occidental, se ha dado por buena la máxima de “el  arte por el arte”. La necesidad de autoafirmación del artista y el impulso de subrayar su diferencia con el resto (mercado del arte, marketing, capitalismo), generan un arte tan subjetivo que corre el riesgo de convertirse en un ejercicio incomprensible. Un arte que no puede comunicar, está condenado a ser un simple ejercicio de virtuosismo estéril  Si a esto le sumamos los intereses políticos y propagandísticos, entenderemos que nos acercamos a una peligrosa deriva.  Y es que, como decía Platón, un arte atrofiado es capaz de dañar seriamente a la sociedad que lo acoge.

Ante esta realidad existe una verdadera necesidad de otro tipo de arte. Un arte al servicio del hombre, que muestre la Verdad y la Belleza. Un arte que escape del relativismo y de respuesta a la muerte óntica en la que se encuentra sumido el hombre del siglo XXI. La esperanza del mundo es Cristo y el medio por el que se anuncia es la Iglesia que se ayuda del arte sagrado pero, ¿qué es “arte sacro”? Aquí presentamos algunas reflexiones.

El arte sacro como don del Espíritu Santo

El arte sacro es un don del Espíritu Santo que recibe la Iglesia y que es ofrecido por Ella a toda la humanidad. Es un arte unido intrínsecamente a la misión de la Iglesia en la tierra que no es otra que hacer presente a Cristo presentándolo como Camino, Verdad y Vida. Partiendo de aquí, el arte sacro, queda exento de toda vana pretensión, huye del prestigio del artista o del mecenas y justifica su presencia al situarse siempre al servicio de la Iglesia. Es, puede pensarse, esencialmente utilitarista pues busca facilitar el encuentro con Dios a través de la mirada transformada en oración, es decir, está concebido como vía eficaz que  abre a la persona al misterio de Cristo.

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